—Nos acostamos juntos, nos miramos. Sabemos que al
despertar, nos vamos a volver a ver y eso no nos fastidia. Por el contrario, en
lo que a mi me atañe es motivo de júbilo comprobar que aun, después de algunos años, no
nos hemos acercado al epílogo. Ni siquiera creo haber leído su prólogo. Somos, al
final del día, dos abismos profusos. Es amor a segunda vista. Cuando creo haber
arribado a su jardín más recóndito, siempre hay un claro más allá de los valles
y luminosos paisajes de vanguardia lujuriosa,
pues, ella es el paraíso después del exilio. ¡Ah si! ¿Qué podría hacerle falta
a un hombre? Nada más que lo que ella posee. Porque, cuando un hombre lo ha
visto todo, sólo caben dos explicaciones; una de ellas es haber contado con la
suerte de cruzar el mundo entero, y la otra aún mucho más venturosa, es lo que
a mí me ha ocurrido.
— ¿Y a usted qué le ha ocurrido?
—Ella doctor. A mi me ha ocurrido Ella.