lunes, 25 de noviembre de 2013

Sobre gustos... algo escrito

¡Qué hermosa eres tú, querida! Y quiero fundar de una vez por todas, la sospecha de por qué pienso que no me encuentro tan lejos de la verdad, cuando afirmo que en tus ojos (por ejemplo), existe quizá la irremediable desventura que conduce al extravío, producida por la fascinación y el encanto que de ellos se desprende.

 Habrá entonces detractores de mi sentencia, naturalmente. Pues así como muchos gustan de una obra clásica, hay quienes también se conforman con pobrísimas melodías. Y nada habrá para rebatir acerca de sus puntos de vista. Si los primeros arguyen que su música es preciosa, también lo harán los segundos con la suya. Podrán también ambos argumentar que los gustos de los otros, son poco decorosos. Lo cual, llevaría a cualquiera a suponer que la subjetividad, es al fin y al cabo, el fin de los cuestionamientos y por tanto, nada más habrá que decir sobre la belleza.

Pero esto, no es sino el principio de un grave error, puesto que, la imparcialidad empieza y termina con el sujeto, y el objeto, nada que ver tiene con esto. Ergo, objetos, los hay bellos y no tan bellos. Los bellos, resisten a un minucioso análisis de las partes y complejidades que lo componen: mientras más variadas sean las partes y— a su vez— en pos de servir a la estética, se las haya confeccionado con una complejidad pertinente; entonces, estamos en presencia de una indiscutible belleza. Si por el contrario, las partes son escasas, o abundantes pero desordenadas, o, poco se les ha ilustrado de complejidades, entonces estamos ante la presencia de algo no tan bello. Y sentimientos tales como el aburrimiento, no tardarán en llegar ante la ausencia de agudezas.


Yo, que te admiro tanto, cual si una obra de arte fueras, te hube contemplado tantas veces, y te he vuelto a mirar de mil formas; tanto que, en el medio de aquel viaje, no pude más que hallar la extenuación. Y aquí me encuentro, perdido, en el universo de tus complejidades y tus partes infinitas.